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Cuando el sufrimiento no estorba

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Reflexiones muy sencillas sobre la cruz en lo cotidiano

Cuando no estás al cien por cien, cuando el cuerpo va más lento, el cansancio pesa más de lo normal y cualquier tarea requiere el doble de energía… en estas épocas, tan habituales y frecuentes para aquellas madres que estamos abiertas a la vida, me doy cuenta de que lo peor no es la fatiga, es la frustración: ese deseo de hacer más, de llegar a todo, de mantener la cabeza clara… y no ser capaz, de ninguna manera, con ninguna herramienta.

Y en medio de esta sensación, detrás del cansancio físico, se siente también una incomodidad como escondida: el enorme deseo de “volver a estar bien”, unido a la dificultad de aceptar el límite, y en mi caso, el hecho de que debo reposar incluso cuando me veo con fuerzas para avanzar un poco con esa pila gigante de tareas que se acumulan. Y con tanto tiempo para pensar, una pregunta radical, profunda, inevitable, surge: ¿qué lugar tiene el sufrimiento en la vida cristiana? Pues bien, esto es a lo que le he andado dando vueltas estos días.


La cruz en lo pequeño

Siempre me ha costado muchísimo llamar cruz a las cosas pequeñas.

Decir que estás “abrazando tu cruz” porque tienes un mal día o no te da la vida… me ha parecido desde el principio una locura. Pienso en el Señor en su Pasión, con la cruz a cuestas, entregado, humillado, sangrante… y se me hace imposible colocar mis pequeñas molestias en ese mismo horizonte. Me parece desproporcionado, cuasi sacrílego. Y mis amigos lo saben: llevo muy mal que alguien me invite a esto.

Y sin embargo, si dejo a un lado mis pensamientos, me doy cuenta de que Jesús dijo:

“Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.”

Y lo que me remueve no es esto, es que en el Evangelio de San Lucas se añade algo más: “cada día” (καθ᾿ ἡμέραν en griego). Como si fuera esto una llamada cotidiana para todos.

Parece ser que esto se ha interpretado como el tomar “esas cruces pequeñas”, continuas, discretas. Lo diario. Eso que tanto me cuesta escuchar o que me cuesta a mí llamar cruz: lo que cansa, lo que incomoda, lo que descoloca, lo que frustra y eso que nadie ve que es pequeño pero nos hace sufrir.

Y esta idea me lleva es a pensar que donde estoy tropezando, donde estoy faltando, quizá no es tanto en aceptar esa “pequeña cruz” (que realmente, una vez entendido no me cuesta tanto someterme y aceptarla). Pero lo que viene antes me impide pasar esta fase: negarse a uno mismo.

Por querer comprender antes de entregar. Por necesitar que tenga sentido aquello que me duele o me pesa, antes de atreverme a ofrecerlo. Lo intento solucionar, a toda costa. Y si no lo entiendo, lo descarto. Me digo que “no es nada”, o “ya pasará”. Y sobre todo, mi mente siempre funciona pensando

¿problema? → solución.

Pero tal vez ese no sea el punto. Tal vez no importa si la cruz es grande o pequeña, visible o silenciosa. Lo que importa es que Él ha querido mirarla con amor.

Y si Él la mira con amor, ¿quién me creo yo para despreciarla?


Un recuerdo que permanece

Estos días, sin haberlo buscado, me he acordado muchas veces de Fray Pablo María de la Cruz. Si no conocéis su historia, os la recomiendo. Se trata de un joven salmantino diagnosticado con cáncer a los 15 años. Murió a los 21, el 15 de julio de 2023, un sábado, justo antes de la fiesta de la Virgen del Carmen. En sus últimos días recibió el hábito del Carmelo in articulo mortis. Fue una cosa especialísima para toda Salamanca y toda la familia carmelita.

Yo solo le vi una vez, propiamente dicha. Pero aún lo recuerdo como si estuviera aquí, ahora mismo, dos meses antes de morir, sentado en el sofá de casa que tengo justo enfrente mientras escribo esto. Me llamó la atención desde el principio: tranquilo, sereno, como si llevara en el rostro una paz de otro mundo. El Señor —lo creo sinceramente— lo puso en el camino de muchos justo antes de llevárselo.

Como un mes después, mi marido, J, coincidió con él en el tren. Viajaban al hospital donde le confirmarían que ya no había tratamiento posible para él. Su madre, Carmen, sentada a su lado, le pidió a J cambiar de asiento para no ir separada de su hijo. Entonces mi marido lo reconoció: era aquel mismo joven que había estado en casa semanas antes.

Durante la novena del Carmen, Fray Pablo seguía las oraciones postrado en el coro y nosotros rezábamos abajo. El 15 de julio, la Virgen vino a buscarlo para llevarlo con su Hijo, vestido con el escapulario. Al día siguiente era nuestro aniversario de boda. Y desde entonces, ese par de coincidencias y esa fecha, con algunos detalles más que nos unen, me dejaron la impresión de que nuestras vidas —sin buscarlo— quedaron misteriosamente unidas para siempre.

Y por eso quizá estos días lo tengo presente, porque, aunque su cruz no era nada pequeña, él sí supo encarnar lo que Jesús pidió: negarse a sí mismo, tomar su cruz cada día y seguirle. Sin estridencias. Sin quejas. Con una verdad que nos atravesó a todos. Y estos días su ejemplo vuelve a visitarme. Como si él también, de algún modo, viniera a recordarnos lo esencial. Quizá también porque providencialmente me encuentro a su madre de vez en cuando, con quien ya tenemos una hermosa amistad, y siempre me la manda el Señor justo en el momento preciso, y todas estas cosas me revisitan.


El sufrimiento estorba a los impíos, y no debe estorbar a los cristianos

Vivimos en un mundo que huye del dolor. Que lo interpreta como fallo, como signo de que algo ha salido mal. Una cultura que idolatra el bienestar, la “autonomía”, el rendimiento, y desprecia todo lo que suena a límite, a dependencia o a fragilidad. Una cultura que, en su incoherencia, descarta vidas mientras celebra “días de” lo que ya no protege.

Pero la fe cristiana no ve el sufrimiento como un estorbo. Lo reconoce como lugar de encuentro con Cristo. No porque el dolor sea bueno en sí mismo (de hecho Cristo siempre curaba a aquellos que acudían a Él) pero una vez que está, cuando se entrega, Él lo transforma.

Y me doy cuenta de que las renuncias pequeñas de cada día, ofrecidas, Él puede tornarlas en algo increíble. Como aquellos cinco panes y dos peces entregados por un niño: una cosa pequeña entregada con la que Cristo hizo un gran milagro.


Un cambio de mirada

Así que sí, mi mirada ha cambiado en este sentido. Y quizá esto me ayude a dar el paso de vivirlo realmente. Porque sí, no estoy al cien por cien físicamente, ni estoy gestionando tan bien mi tiempo como puedo en otras épocas. Pero es que quizá no deba esperar a estar mejor y vivir en una especie de pausa hasta entonces, o intentar constantemente solucionarlo. Quizá el sufrimiento en la vida cristiana no es un evento puntual, sino que esto de las pequeñas y grandes cruces es algo que forma parte de la vida cristiana. Así que quizá yo simplemente lo que debo hacer es coger esta “pequeña cruz” y ofrecerla, como si fueran mis cinco panes y dos peces.


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