En el último post hablé sobre las páginas matinales como una práctica sencilla que os recomendaba para los días difíciles, para cuando una no sabe por dónde empezar. Y por lo que sea, esta semana se me ha concedido entender un poco más lo que sentís. Porque esta semana ha sido una de esas. De las que pesan.
Esta semana no he podido con todo
He estado ausente, como habréis visto. Y lo que no habéis visto: no he escrito lo que tenía previsto. No he grabado lo que me habría gustado. Y la rutina, que normalmente me ayuda mucho, se ha ido deshaciendo entre el cansancio, los imprevistos y un niño que ya camina y que como ya he dicho varias veces, no para quieto: está lleno de vida, salud y curiosidad, gracias a Dios.
Y el embarazo: aunque todo va relativamente bien, el cuerpo va más lento. Y la casa no espera nunca. Así que estos días he tenido la sensación constante de estar desbordada. De no llegar a nada. Pero bueno, sin embargo, aquí estoy. Hoy ya con la colada casi al día, la cocina funcionando y magdalenas de calabaza para desayunar. Algo hemos remontado y por eso tengo un rato para escribir.
Lo que se descongeló… y lo que no pude calentar
Pero la semana ha sido un poquito caótica. Uno de los días, nos dejamos mal cerrada la puerta del congelador. Así que toda la comida que había preparado para tener margen entre semana durante varios meses se descongeló de golpe. Justo cuando más lo necesitaba. Cuando no me sentía con fuerzas ni para pensar qué cocinar.
Ese mismo día se estropeó el microondas. No podíamos ni calentar la leche para disolver los cereales del niño. Y al día siguiente, no funciona el horno.
Hubo un momento en que miré la cocina y pensé: “¿De verdad?” Y lo pensé sin rabia, pero con esa mezcla entre agotamiento y risa floja que a veces nos da cuando parece que todo se pone en contra a la vez.
La tesis también se tambalea
A esto se suma algo más profundo. Llevo años trabajando en mi tesis doctoral. Y empiezo a aceptar que el problema que he intentado resolver… probablemente no se puede resolver.
No es que me esté yendo mal. Esto ocurre con problemas matemáticos desde que el mundo es mundo. Hay matemáticos que se mueren sin poder resolver “el problema” y muchos matemáticos siguen intentando resolver el mismo problema y mueren y pasan 500 años y de repente alguien encuentra una solución construyendo sobre el trabajo de muchas personas. O no la encuentra, porque no se puede resolver. Es que esa es la gracia: quizá no hay una solución posible. Y eso cambia todo.
Así que después de tanto trabajo, tantas horas, tantas páginas (700 y pico a ordenador, pero incontables ya a mano), asumir esto, lo saben los que me sufren: me cuesta. No tanto por orgullo —aunque también bastante— sobre todo por el desgaste. Porque siento que ya no tengo espacio para más frustración. Porque este embarazo y mi “hijo mayor” me piden todo. Y eso aparentemente lleva al límite.
Y aun así, estoy alegre
Digo aparentemente porque la verdad: estoy alegre. Casi me dan ganas de escribir “Alegre”. Y, por supuesto, no es una alegría de quien lo tiene todo claro. Ni de quien está llena de energía: es una alegría tranquila, del corazón. Silenciosa, incluso. Pero verdadera. Serena.
La he encontrado en cosas pequeñas: en la sonrisa de mi hijo con su único diente, en conseguir una taza caliente a pesar de que el microondas esté roto, en una oración dicha desde la sencillez, en los pájaros que han vuelto a cantar por las mañanas, en el sol y la vida.
Y es tranquila porque no es una alegría que venga de mí. Es una alegría que me viene de Dios. De saberme sostenida. De buscarle a Él en medio del caos. De recordar que, incluso cuando no puedo con todo, Él sí puede. Y está ahí.
La alegría se elige muchas veces
Cuando me siento desbordada, no siempre puedo cambiar las circunstancias. Pero es verdad que sí puedo cambiar cómo las miro. Y sobre todo, desde dónde las miro.
Siempre puedo dar gracias, aunque sea por algo mínimo. Puedo decidir no quedarme enganchada a lo que no ha salido bien. Puedo mirar a mi hijo y volver a empezar. Puedo sentarme y decirle a Dios: aquí estoy. Así estoy. Haz algo Tú porque sabes que yo ahora mismo no puedo.
Y cuando lo hago, la alegría llega, como una calma. Como esa promesa cumplida: “el que pide, recibe; el que busca, encuentra; al que llama a la puerta, se le abre”. Llega como una certeza suave: como una luz que entra sin que la hayas encendido tú.
También elijo lo que me ayuda
Me ha ocurrido que estos días no estoy consumiendo casi nada de contenido. Lo siento, porque sé que hay muchas cosas buenas ahí fuera y espero ponerme al día sobre todo con amistades a las que me gusta apoyar. Pero el poco tiempo que tengo para estar en redes, lo estoy invirtiendo en contestar —poco a poco— a los mensajes que tengo pendientes, y en escribir lo que sí siento que tengo que escribir.
Eso sí: aunque muchas cosas se me escapan, sigo madrugando. Y me ayuda mucho. Cuando mi cuerpo está descansado, y quizá con una actitud más lenta y pasiva. Pero lo mantengo, porque lo necesito. Es de los pocos momentos del día en los que puedo pensar con claridad. Porque por las tardes —con el calor, las náuseas y la fatiga— no me da la cabeza para mucho más que “sobrevivir”.
Si tú también estás en un día difícil…
Ánimo. Haz una pausa. Mira lo que permanece, lo que está ahí, en lo escondido.
Quizá no todo esté en su sitio y hay mucho por hacer. Pero siempre hay cosas que damos por sentado y por obvias que nos son dadas, como un regalo.
La alegría, a veces, no se nota. Pero lo cambia todo. Y vuelve cuando dejas de buscarla en ti… y la empiezas a ver en Él. Y la pides. Llega como ese don, ese regalo. Esa promesa cumplida.
Y quizá ahora pueda hablaros de otra cosa
Me habéis pedido que escriba sobre cómo mantener el orden en casa. Y hasta ahora, cuando pensaba en ello, respondía desde un lugar en el que las rutinas funcionaban de maravilla, en el que una tiene fuerza, claridad, ganas.
Pero probablemente seguiré encontrándome mal algunas semanas. Y quizá ahora pueda contar también cómo lo hago cuando no llego: cuando lo único que puedo organizar son las pocas fuerzas que me quedan, y las reservo para lo esencial: para mi hijo, para no perder la calma, y para mantener la casa viva, limpia y ordenada en un nivel mínimo.
Esto también forma parte de la vida. Incluso del orden. Y me parece que puede estar bien poder contarlo ahora. Ya me contaréis si os gustaría. Un abrazo, ánimo para los que lo necesitáis, y mil gracias por tanto cariño.
Descubre más desde Masa de madre
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.




















