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Mi historia: cuando la vocación intelectual es incomprendida (y hasta despreciada)

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Infancia y dones

Desde pequeña he sentido una inclinación natural y facilidad hacia muchas cosas: el arte, la música, los idiomas… y sobre todo, las matemáticas.

No siempre he sabido valorar ni aprovechar esos talentos como debía. Durante años pasé por el colegio y el instituto casi sin mirar atrás, sacando las cosas adelante y con buenas notas con facilidad, pero sin profundizar ni cultivar los dones que Dios me había dado.

Hoy, con más madurez, sé que esos dones son un regalo y también una responsabilidad. Y aunque sé que he desaprovechado mucho mis talentos, intento ahora no enterrar lo que se me ha dado, porque sé que algún día tendré que dar cuentas de lo que he hecho con ellos.


La escuela matemática en la que Dios me hizo entrar

Nunca he entendido del todo por qué, pero desde el primer momento que tuve que elegir dónde y qué estudiar sentí un impulso muy fuerte hacia una escuela matemática concreta (y digo escuela, no facultad ni universidad, porque es un sitio especial).

Yo vivía en mi pueblo, tranquila en el campo y la sencillez. Tocaba el piano y mi madre se ocupaba de que estuviera formada, pero sin mayores pretensiones. Tenía una universidad de prestigio a una hora, en la que me aceptaron. Pero algo, casi un torrente espiritual, me impulsaba a irme a 300 km de mi casa, lejos de toda mi familia y amigos. Y es que no me había informado apenas, y ni siquiera sabía que me iba al mejor lugar al que podía ir. Simplemente fui a visitar la ciudad y supe, sin más, de verdad, que tenía que ser allí.

Y me fui. Sola. Completamente. Dejando con mucha tristeza atrás el campo y la sencillez y tranquilidad de la vida del pueblo.

Qué misterio y qué maravilla. Ahora sé que estudié en uno de los pocos sitios en los que aún queda algo de verdad.


La búsqueda de la verdad y las matemáticas

Siempre he tenido algo así como un espíritu detectivesco y matemático. Me fascina desentrañar la verdad. Los problemas sin resolver y los asuntos más ocultos, periodísticos, judiciales… pueden atraparme durante años con facilidad. Y las matemáticas, no las del colegio, pero sí las matemáticas puras, para mí son realmente una forma de acercarse a la verdad, de acercarse a Dios. En sí mismas.

Me siento afortunada, porque aunque en esta generación ya empieza a perderse, he vivido en una escuela que ha logrado salvarse bastante del hundimiento intelectual que sufre la universidad. Y lo sé no solo teóricamente, sino desde dentro de un caballo de Troya, porque desde los 24 años he tenido despacho tanto en la facultad de Educación como en la de Matemáticas de la misma ciudad, y he visto el contraste y el abismo que había entre ambas.

¿Por qué mi escuela se ha salvado? Por su fundador.


El legado que he recibido por la Gracia de Dios

El plan de estudios de Matemáticas de mi facultad fue elaborado por un hombre cuyo pensamiento brotaba de una convicción profunda: las matemáticas nos acercan a Dios.

“Sus clases comenzaban hacia las doce y se prolongaban hasta las cuatro o cinco de la tarde, paseando por los pasillos o por los alrededores si el tiempo acompañaba. Cualquier tema de matemáticas pronto se entrelazaba con física, historia, teología, poesía, política, filosofía, religión, literatura… y nos hablaba de lo divino y lo humano, de su vida y recuerdos, de España y su historia, del logos, de la ciencia y la bondad, de Dios y de Cristo, de etimologías, de canto gregoriano, de la universidad, de San Juan de la Cruz… y, por supuesto, nos enseñaba matemáticas.

“Siempre estaba en su casa, siempre disponible, siempre abierto a todo el que pasara por allí. Hablando de lo divino y lo humano, interesándose en todas las asignaturas de la carrera, indicando la importancia crucial de las buenas definiciones y el misterioso lazo entre el trabajo intelectual y la bondad moral.”

“Su convicción profunda e inquebrantable era que las matemáticas son una parte de la realidad especialmente cercana a Dios, en la que casi Le tocamos y palpamos, que forman parte del misterio de la Encarnación.

Y este es el hombre de cuyo pensamiento propio —en el sentido de que él predicaba aquello que le había revelado el Padre por medio de su actividad matemática e intelectual— yo he bebido con alegría, consciente e inconscientemente.

Y esta es por tanto la filosofía que he heredado, hacia la que tengo un deber de piedad (porque se me ha dado algo que nunca podré devolver a quien me lo ha dado), y por la que doy gracias. Porque ahora soy muy consciente de que no en todos los sitios tienen nada parecido, y de lo valioso que es.


Quedarse… o irse

Sí, la universidad está muy mal. Pero este gran hombre y matemático, y aquella profesora de Álgebra que iba convirtiendo alumnos de Matemáticas simplemente con su presencia, con dar clase y llevar una cruz al cuello… me han enseñado algo crucial hace ya varios años:

Tenemos que dejar de limitarnos a repetir lo mal que está la universidad (¡y yo, la primera!) y, al mismo tiempo, de rendirnos sin querer afrontarlo, ante la pereza que supone el asumir la responsabilidad de levantarla.

Quizá no debamos desertar de ella y quedarnos cómodamente en el sofá diciendo que todos los doctores están pervertidos o atrapados en la mentira. Porque eso tampoco es verdad. No todos lo están, aunque lo estén muchos. Yo conozco a varios que no. Y me niego a creer que, en otras disciplinas, no existan también pequeños faros de luz: personas que obedecen este llamado del Señor, aunque sea en silencio. Por lo menos en humanidades también me consta que hay unas cuantas.

Y creo que quienes llevamos dentro el fuego de la vocación intelectual estamos llamados a hacer algo al respecto, que esto es una responsabilidad y se nos van a pedir explicaciones sobre lo que hemos hecho con ello al final de nuestra vida. Porque, en concreto, algunos quizá estamos llamados a levantar la universidad, como hizo este gran maestro. Yo todavía estoy discerniendo cuál es mi lugar en esa tarea. Mi inclinación natural es a salir corriendo: no me apetece nada, casi me dan escalofríos cuando voy a la facultad, debido al sufrimiento que me ha causado mi tesis doctoral. Pero en esa renuncia hay algo de comodidad por mi parte, porque sé que el trabajo que hay por hacer es arduo e intenso, y requiere renuncia y sometimiento a la Voluntad Divina.

Además, por otro lado, ahora tengo un llamado mucho más grande y anterior: la maternidad. Y mañana sigo con esto último, porque tengo demasiados pensamientos y una actualización que contar, y no quiero alargar demasiado esta entrada.


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